El 2026 sigue marcado por conflictos y tensiones geopolíticas: el genocidio contra el pueblo palestino, las guerras en Ucrania, Venezuela, Oriente Medio y la guerra civil en Sudán o las tensiones energéticas a escala internacional son algunos ejemplos. Bajo la capa de los intereses políticos, a menudo encontramos una dimensión material que pesa de manera decisiva: el control de la energía, los recursos estratégicos y las infraestructuras que permiten sostener el funcionamiento de la economía capitalista global.
Vivimos en un momento definido por los límites ecológicos. La crisis climática, el agotamiento progresivo de los recursos más accesibles y la degradación ambiental global dibujan un escenario en que el capitalismo continúa dependiendo de un flujo constante de energía fósil cada vez más escasa.
Esta dependencia genera tensiones crecientes: competencia por los recursos, ampliación de fronteras extractivas y militarización de territorios considerados estratégicos. La crisis ecológica no solo es ambiental, sino que es un cruce donde confluyen crisis económicas, sociales y políticas.
A pesar de la expansión de las energías renovables, una importante parte del transporte, la logística y la producción industrial a escala planetaria depende directamente de los combustibles fósiles. Por eso, conflictos como la guerra en Ucrania han tenido una incidencia directa en el suministro de gas a muchos países europeos, mientras que la guerra que este 2026 han iniciado los Estados Unidos de América y el Estado de Israel en el Oriente Medio sigue afectando directamente el precio del crudo.
Este escenario conecta con una idea que varias autoras de la economía crítica han formulado con insistencia: un sistema económico basado en el crecimiento permanente entra inevitablemente en fricción con los límites del planeta. Cuando los límites biofísicos se hacen visibles, el sistema tiende a intensificar la extracción, abrir nuevas fronteras de recursos y aumentar la competencia geopolítica a través de la escalada de la violencia para sostener la acumulación.
En este sentido, muchos de los conflictos actuales pueden leerse como síntomas de una crisis sistémica más amplia. Una tensión entre un viejo modelo económico dependiente de recursos finitos y los límites ecológicos del planeta.
Cuando la geopolítica baja a la calle
Estas dinámicas globales no quedan confinadas en los telenoticias y los dispositivos electrónicos. Tienen impactos muy concretos en nuestras vidas, más allá de la pérdida de vidas humanas.
Cuando en una región productora de combustible fósil estalla un conflicto armado o aumenta la incertidumbre geopolítica, el primer efecto acostumbra a ser el encarecimiento del petróleo o del gas. Este incremento repercute directamente en el precio de los combustibles, y esto se traslada a los costes de transporte, de producción y de distribución. El resultado final lo conocemos todas: aumento de la inflación, encarecimiento generalizado y pérdida de capacidad adquisitiva, especialmente por parte de las clases populares, donde la energía y la movilidad ocupan una parte significativa del presupuesto mensual.
Es una cadena económica aparentemente abstracta, pero muy tangible:
- Conflicto geopolítico
- Subida del precio del petroli
- Aumento del coste del transporte
- Incremento del precio de servicios y materias primas
- Inflación
- Aumento del coste de la vida
El impacto en los seguros
Este proceso llega de manera inevitable al sector asegurador. Cuando aumentan los costes energéticos, también lo hacen los materiales, el transporte y los servicios técnicos. Reparar un vehículo cuesta más; sustituir materiales en un hogar también; y cualquier intervención vinculada a un siniestro incorpora este encarecimiento general.
El coste de la gestión de los siniestros sube y, por lo tanto, aumentan los costes operativos de las compañías aseguradoras. En consecuencia, las primas tienden a revisarse al alza para poder mantener la sostenibilidad del sector.
Esto afecta los seguros de automóvil, de hogar o también a las coberturas vinculadas a actividades económicas, donde la logística y la interrupción de actividad tienen cada vez un peso más relevante.
Desde Arç Cooperativa hemos señalado en distintas ocasiones que los seguros se han convertido en un indicador indirecto de la crisis climática y de las nuevas vulnerabilidades materiales: no únicamente por los fenómenos meteorológicos extremos, sino también por el encarecimiento general derivado del contexto energético global.
La transición ecosocial como marco de respuesta
Ante este escenario, toma más fuerza que nunca la transición ecosocial como posible respuesta. No se trata de una política ambiental, sino de un marco para repensar cómo sostenemos las condiciones materiales de nuestras vidas en un contexto de límites ecológicos, desigualdades, inestabilidad geopolítica y guerras.
La transición ecosocial nos invita a imaginar escenarios donde podamos eliminar los sectores más destructivos, limitar las dinámicas extractivas y proteger las mayorías sociales. Esta perspectiva plantea la necesidad de democratizar sectores estratégicos y garantizar derechos materiales básicos.
Esto abre nuevas preguntas muy concretas: ¿Cómo regulamos la acumulación? ¿Cómo reducimos las dependencias energéticas? ¿Cómo garantizamos los suministros esenciales sin reproducir nuevas vulnerabilidades?
La economía solidaria forma parte de la solución
Aquí es donde desde la economía social y solidaria ofrecemos respuestas. Cooperativas energéticas, entidades de las finanzas éticas, proyectos comunitarios, empresas e iniciativas locales arraigadas muestran formas de organización menos dependientes de la lógica extractiva global con prácticas y valores que ponen el planeta y las personas en el centro.
En Cataluña y en el Estado español existen centenares de ejemplos que nos permiten reforzar nuestra capacidad colectiva ante crisis globales, reducir dependencias y proteger nuestras comunidades. No son soluciones totales ni inmediatas, pero sí herramientas de resiliencia ante un presente y un futuro muy inciertos.
En un mundo atravesado por la crisis climática, por la competencia por los recursos y por las guerras imperialistas, la transición ecosocial y la economía solidaria no son solo respuestas ambientales, son fórmulas para defender las condiciones materiales de la vida cotidiana.
Porque, al fin y al cabo, lo que sucede en los corredores energéticos globales y en las guerras lejanas termina incidiendo en nuestro recibo de la luz, en el precio de las reparaciones, en la prima de nuestro contrato de seguro y, por ende, en la capacidad material de sostener nuestras vidas.
Por eso, ahora más que nunca, necesitamos avanzar hacia una sociedad que respete los límites del planeta y que defienda unas vidas dignas para todas las personas, sin conflictos ni guerras, y que la economía esté al servicio del conjunto de la comunidad.













